¿Dónde reside el poder de agradecer? Desde la antigüedad, los magos naturalistas piden permiso a los elementales del bosque para entrar, o para arrancar una flor. Los antiguos hacían eso con los animales para alimentarse de ellos. Es intrínseco al ser humano agradecer, tal vez simplemente porque se siente muy bien.
Pero es innegable que esa actitud sencilla desencadena consecuencias a mediano y largo plazo que trascienden la sensación inmediata de placer. Ser agradecido permite cambiar de polaridad, y en vez de ser sólo el beneficiario de un favor o bien, uno se constituye en el emisor de otro bien: la gratitud. De esta forma, el sentimiento (como define la Real Academia Española la gratitud) se transforma en acción.
El primer escalón es cuando la sensación de estar agradecido permanece aún no expresada: su propiedad transformadora está latente, ya que todavía no hubo una manifestación hacia el entorno. En esa instancia, la gratitud enriquece sólo al individuo.
En el segundo escalón ese sentimiento se expresa, lo que tiene un efecto tanto en quien recibe la demostración como en quien la emite. Muchas veces nos creemos transparentes, pero la distancia entre sentir y compartir hace toda la diferencia. Verbalizar es una forma de hacer llegar nuestro agradecimiento a terceros, extendiendo el campo de acción de esa fuerza.
Y el tercer escalón es el más poderoso, porque en él la gratitud se vuelve acción efectiva, se materializa en hechos constructivos, cumple la función de alimentar el círculo virtuoso de la evolución. Los homenajes, los regalos, la participación son mucho más que objetos simbólicos. Representan algo, pero también tienen entidad propia, que suman a la noble función de demostrar gratitud. A través de esa forma poderosa de dar las gracias, agraciamos el mundo en que vivimos.
Yael Barcesat
