Hoy me levanté harta. Harta de hacer de tipo. De ocuparme de mi casa, de mi auto, de mis cuentas, de los cueritos de las canillas y del contador. Harta de electrodomésticos que no funcionan por la sencilla razón de que no entiendo los manuales y no tengo a un tipo al lado para interpretarlos.
Hago de tipo en el banco, analizando cifras y balances que nunca hubiera soñado confrontar.
Hago de tipo cuando discuto con el abogado, el fisco y Juan de los Palotes.
Hago de tipo en el trabajo cuando a nadie le importa un carajo si me maltratan, si estoy premenstrual o si me siento sola. Pero los tipos no lloran y, por eso, para llorar me encierro en el baño.
Hago de tipo cuando hombreo las bolsas del supermercado como un estibador portuario.
Hago de tipo cuando trabajo enferma, porque si yo no lo hago, no lo hace nadie.
Y lo peor de todos es que, acostumbrados a verme hacer de tipo, mis amigos y familiares esperan con toda naturalidad que haga de tipo. Muchos tipos me invitan a tomar algo y me hablan como a un tipo. Me cuentan sus proezas sexuales, sus cuitas conyugales y sus déficits monetarios. Charlamos de fútbol, de autos y de sexo. De vino, de guita y de minas. La verdad, no me molesta que me traten como a un tipo, aunque en mi fuero íntimo sueñe con bombones, flores y caricias. Pero mientras llegue quien me entienda, seguiré haciendo de tipo sin renegar de mi alma de mujer soñadora y ardiente. Son pocos los que entienden cuánta debilidad hay detrás de tanta fortaleza. Pero, a decir verdad, hoy tengo cero ganas de hacer de tipo.
